Viernes 18 de Julio de 2008

Nota de Opinión

El Vicepresidente en el esquema republicano

El corajudo voto de desempate del vicepresidente de la República, Dr. Julio Cobos, con el que -desde la presidencia del Senado- puso fin al intento del Poder Ejecutivo Nacional de legitimar las inconstitucionales retenciones a la exportación, puso de manifiesto como desde un cargo que suele ser tenido casi por meramente ceremonial se puede, de pronto, pasar a la historia.


La Constitución Nacional, detalla las atribuciones que corresponden al Presidente de la Nación y las que tienen que ver con el Jefe de Gabinete y demás Ministros del Poder Ejecutivo, pero curiosamente no hace lo mismo con las del Vicepresidente. Para muchos, la existencia del cargo se justifica fundamentalmente en la conveniencia de tener una opción -ordenada y previsible-para el supuesto de sucesión presidencial.

El vicepresidente, pese a ser directamente electo por el pueblo, es una suerte de híbrido constitucional que tiene un pie en el Poder Ejecutivo y otro en el Poder Legislativo.

El cargo debiera ser una incubadora natural de Presidentes, pero no lo es. En los Estados Unidos, los dos primeros Vicepresidentes, Adams y Jefferson, sucedieron a sus respectivos presidentes. Pero desde entonces son más las veces que eso no sucede, que las que ocurre. Adams, recordemos, llamaba a su cargo ‘el más insignificante jamás creado’.

Por la importancia de su cargo, en una situación de normalidad, los vicepresidentes deberían tener una cercanía mínima con sus presidentes. Si la logran, pueden ser eficaces al tiempo de influir o persuadir, como lo fuera Walter Mondale, en los Estados Unidos, durante la presidencia de Jimmy Carter, pese a que Mondale solo presidió el Senado en 19 oportunidades, por un total de 18 horas.

Para ello necesitan lograr proximidad con el presidente. Lo que no es siempre fácil, puesto que los celos y las naturales desconfianzas complican este tipo de relaciones.

Lo cierto es que pocas veces se los invita a compartir una fórmula presidencial por su sabiduría, lealtad o experiencia. Con frecuencia se los elige por su prestigio y para equilibrar una fórmula, sea ideológica o geográficamente, para hacerla más atractiva frente al electorado.

Los vicepresidentes tienen, sin embargo, algún prestigio y reconocimiento público. Suelen actuar, con frecuencia, como delegados del presidente en viajes al exterior de segundo rango, incluyendo la asistencia a funerales o coronaciones.

Tienen que saber ser discretos y particularmente cautos, salvo cuando las circunstancias, como en el caso reciente de Julio Cobos, exijan otra actitud para el bien de la República a la que deben su primera lealtad. Esto supone evitar recelos y saber maniobrar entre bambalinas.

George Bush, padre, cuando el atentado contra Ronald Reagan no usó nunca la famosa Oficina Oval durante su interinato, en muestra de respeto, prudencia y sobriedad que generó aplausos. En caso de tener desacuerdos lo normal es no exteriorizarlos, salvo cuando la Constitución los obliga a pronunciarse mediante el voto. Pero la lealtad nunca es lo mismo que la incondicionalidad. Jamás. Mucho menos en encrucijadas en las que se juegan valores esenciales de la República.

Los vicepresidentes pueden tender fácilmente puentes con los legisladores y con los gobernadores. Esta capacidad, bien utilizada, puede transformarlos en una herramienta de gobierno particularmente útil. Pero no en administraciones que ni siquiera convocan regularmente a reuniones de gabinete.

No siempre tienen buen acceso a sus presidentes. En los Estados Unidos, desde la década de los ‘70 sus oficinas están en una de las alas de la Casa Blanca y cuentan con equipos significativos de colaboradores que aumentan sus posibilidades de ser eficaces. Para ello se requiere naturalmente disposición, tiempo, dedicación, lograr algún grado de influencia, tener cierta capacidad de persuasión y contar con recursos disponibles. Pero, por sobre todas las cosas, se necesita un interlocutor con disposición real de escuchar y capaz de asegurar el mínimo de proximidad que el cargo supone. Nunca tienen ‘garantía’ de influencia, solo la ‘oportunidad’ de poder hacerlo, en mayor o menor medida, dependiendo de los personajes. Lo que no es lo mismo.

No obstante, a veces, en función de circunstancias particulares, pasan a la historia. En el caso de Julio Cobos, con el aplauso de muchos.

Por Emilio Cárdenas. Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.

 

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