El recordado dirigente peronista bonaerense saltó a la fama cuando pocos días antes de las elecciones presidenciales de 1983 quemó un ataúd que representaba a la Unión Cívica Radical; así contribuyó decisivamente a la derrota del postulante justicialista, Italo Luder.
Hay diferencias evidentes entre aquella situación y la actual. Cristina Fernández de Kirchner no es candidata a nada, sino la presidenta de los argentinos. Pero su esposo, secundado por figuras cada vez más impresentables, como Guillermo Moreno y Luis D Elía, se empeña en producir actos y declaraciones incendiarias que la debilitan cada vez más, en lugar de defenderla.
La amplia protesta social que se extendió durante los últimos cuatro meses, más que por la oposición al aumento de las retenciones al campo, estuvo guiada por la resistencia a un estilo de gestión, caracterizado por rasgos hegemónicos, por la desmesura y la soberbia.
El dramático y emotivo desenlace de la telenovela del Senado constituyó una dura derrota política para el Gobierno y un severo castigo al ex presidente Kirchner, responsable del diseño de la grotesca estrategia oficialista.
Pero no debería significar más que eso: una derrota política y un llamado al presidente del Partido Justicialista a aceptar convertirse en un simple actor de reparto en los próximos capítulos.
Las instituciones de la República han salido fortalecidas. Y el Congreso, reivindicado por su independencia ante el Poder Ejecutivo.
Cristina Kirchner debería buscar que esta crisis que vive su gobierno se convirtiera en una oportunidad. Una oportunidad para que el mundo empiece a creer que la tan mentada calidad institucional no es tan imposible en la Argentina y que las instituciones republicanas pueden funcionar a pesar del kirchnerismo.
El primer gran error que cometería la primera mandataria sería dejar vigentes las polémicas resoluciones ministeriales que instrumentaron las retenciones móviles. Insistir en ellas, además de dejar en evidencia la ruptura de la palabra empeñada, la estrellaría en poco tiempo contra el Poder Judicial.
El segundo error sería pretender tomar represalias contra el vicepresidente Julio Cobos. La Presidenta se equivocaría doblemente: primero, porque el ex gobernador mendocino ni siquiera le debe una presunta lealtad partidaria; en segundo lugar, porque en su campaña electoral, Cristina y Cobos nunca propusieron incrementar las retenciones.
El gobierno nacional debe aprender ahora que las apuestas a todo o nada, propias de un jugador empedernido, no son las más aconsejables en el juego democrático. Siempre terminan mal y los hechos concluidos en la madrugada de ayer no fueron la excepción. El interrogante es si, a partir de ahora, el matrimonio presidencial estará dispuesto a aprender.
Es probable que ahora tenga que aprender por la fuerza de las circunstancias. Desde ayer, ya hay muchos más dirigentes en el justicialismo que se animarán a sugerirle a Néstor Kirchner que se calle la boca y deje gobernar a su esposa. Los De la Sota, los Schiaretti, los Romero y los Reutemann ya no estarán solos.
Es cierto que el peronismo ha sido tradicionalmente una picadora de carne, sobre todo cuando descubre la fragilidad de quien está en el poder, cualquiera que sea su signo político. Mas la gobernabilidad no debería peligrar si la Presidenta adopta una actitud diferente de la que siguió hasta ahora, arrastrada en parte por los pésimos consejos de su marido. La duda que comenzará a develarse en las próximas horas es si estará dispuesta a hacerlo. Hasta anoche no dio muestra alguna de eso.
Por Fernando Laborda
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